viernes, 10 de diciembre de 2010

El amado que acaricia el muslo de su amada

Son blancos y negros. Bajo sus ropas, profundos riachuelos los surcan. Siento otra vez el reflejo de la ventana en el túnel. Se mueve. Avanza. Las blancas y negras figuras de los hombres desconocidos me miran cuando sigo adelante. Y cuando vuelvo la cabeza para mirar un cuadro, también ellos la vuelven. Revolotean sus manos hasta la corbata. Se tocan el chaleco, se tocan el pañuelo. Son muy jóvenes. Ansían causar buena impresión. Siento que mil posibilidades nacen en mí. Soy ingeniosa, soy alegre, soy lánguida, soy melancólica, sucesivamente. Tengo raíces, pero floto.
Toda de oro, flotando en este rumbo, le digo a éste: “Ven”
Rizándome en negro, digo a este otro: “No”. Uno abandona su puesto bajo la vitrina. Se acerca. Se dirige a mí. Es el momento más excitante que he vivido en mi vida.
Me estremezco. Me rizo. Me balanceo como una planta en el río, flotando hacia aquí, flotando hacia allí, pero enraizada, para que venga hacia mí. “Ven”, le digo. “Ven”.
Pálido, negro el cabello, el que viene es melancólico y romántico. Y yo soy ingeniosa y parlanchina y caprichosa, ya que él es melancólico, romántico. Está aquí. En pie a mi lado.
Ahora, con una leve sacudida, como un crustáceo que se desprende de la roca, me suelto, le acepto plenamente, me dejo llevar. Nos unimos a la lenta marea. Entramos y salimos de esta dubitativa música. Las rocas quiebran la corriente de la danza, la desquebrajan, la estremecen. Entrando y saliendo ahora quedamos absorbidos por este gran cuerpo. Nos une. No podemos salir de sus sinuosos, dubitativos, abruptos, perfectamente circulares muros, que nos rodean. Nuestros cuerpos, el suyo duro, el mío fluido, están pegados dentro de ese otro cuerpo que nos une, y después alargándose, en suaves y sinuosos pliegues, nos mece y nos mece. De repente cesa la música. Mi sangre sigue corriendo, pero mi cuerpo se está quieto. La estancia gira ante mi vista. Se detiene.
Vamos, vayamos despacio, como vagando sin rumbo, a las doradas sillas. El cuerpo es más fuerte de lo que yo creía. Y estoy más aturdida de lo que suponía. Ya nada me importa en el mundo. Nadie me importa salvo este hombre cuyo nombre ignoro. ¿Somos aceptables, luna? ¿No somos hermosos. Sentados el uno al lado del otro, aquí, yo con mi vestido de satén, y él de blanco y negro? Ahora mis iguales pueden mirarme. Os devuelvo rectamente la mirada, hombres y mujeres. Pertenezco a vuestro grupo. Éste es mi mundo. Ahora cojo esta copa de delgado tallo y sorbo. El vino tiene gusto astringente y drástico. No puedo evitar un perplejo retroceso, al beber. Los aromas y las flores, el esplendor y la calidez, se destilan aquí convirtiéndose en un ardiente líquido amarillo. Exactamente a la altura de mis paletillas, una cosa seca, muy abiertos los ojos, se cierra suavemente, dentro, y poco a poco se duerme. Es el éxtasis. Es alivio. La barra en la parte posterior de la garganta desciendo. Las palabras se amontonan, forman una multitud, y todas se empujan, pugnando cada cual por salir. Poco importa que sea ésta o aquélla la que salga. Se agitan, se suben a las espaldas de las otras. Las solas, las solitarias, se emparejan, caen juntas y se convierten en muchas. Poco importa lo que diga. Prieta, como un pájaro que aletea, una frase cruza el vacío espacio que media entre nosotros dos. Se posa en sus labios. Vuelvo a llenar la copa. Bebo. Desaparece el velo entre los dos. Entro en el calor e intimidad de otra alma. Estamos juntos, muy arriba, en un collado alpino. Él está melancólico, está de pie en lo alto del camino. Me inclino. Cojo una flor azul y la prendo, poniéndome de puntillas para llegar a él, en la solapa de la chaqueta. ¡Ah! Es mi momento de éxtasis. Ahora ya ha pasado.

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